Escuela de payasos
Sale al escenario un personaje de rostro pálido y trastabilla, se
va de bruces, de entre la multitud brota la risa, se queda
tendido en el suelo y se levanta rápido como haciéndose el desentendido ¡aquí no
ha pasado nada! Se sacude el chaleco sucio y reanuda su andar; luego aparece
otro hombre en escena, uno más serio en su vestir, igual de pálido pero muy serio,
su traje es impecable, su rostro muestra una ceja levantada y un refinamiento en
su andar que choca con el otro, mal vestido y torpe.
El hombre serio se acerca a un micrófono,
hace una pequeña reverencia al público y se prepara para cantar una hermosa
pieza de ópera, el otro, que ya ha trastabillado en escena se sienta en un rincón
y se hurga los bolsillos, encuentra casualmente un silbato, inmediatamente
el hombre serio comienza a cantar virtuosamente, orgulloso de su voz, no pasan más
de cinco segundos y el otro hace chillar un silbato estrepitosamente,
interrumpiendo aquella melodía.
El cantante no pierde tiempo
en hacerle callar, se dirige a él e intenta hacerle entender que es inapropiado
usar el silbato, en poco tiempo pasa de súplicas refinadas hasta un arrebato desesperado
para obtener el objeto que el otro seguía tocando y escondiendo entre sus manos.
La acción se reanuda consecutivamente,
uno para cantar y el otro para interrumpir, de entre las vestiduras andrajosas
salen instrumentos innumerables, escondidos por doquier, sonajas, trompetas, panderos,
etcétera; se ha convertido en una lucha de recursos, uno persigue y amedrenta; el otro se
esconde, avienta los instrumentos y se hace el loco. En poco tiempo el acto se convierte en una verdadera contienda, mientras uno lucha por establecer el orden y el otro lo hace por
romperlo.
El público se encuentra inmerso en
el juego, mira la lucha cuerpo a cuerpo, ahora el personaje torpe corre rápido, se
escabulle, es astuto y burlón, mientras que el otro ha perdido la postura, se agita como un
simio y suda. Las barreras se han diluido, los dos parecen iguales y hasta diríamos
que aquél que al inicio nos parecía menos afortunado ha terminado siendo un verdadero bribón,
inteligente y cínico.
“Escuela de payasos” en el 2010,
se explica con ese simple texto.
Fue en 2008 durante mi “formación
como artista” dentro de una institución universitaria, donde se inició como proyecto
una supuesta “Escuela de payasos” esta pieza debía ser evaluada
por profesores para acreditar algunas materias, la idea era básicamente crear una escuela ficticia que formaba payasos bajo los mismos conceptos y cánones teóricos
con los que en aquella Facultad se pretendía educar a los estudiantes y
futuros artistas.
Realicé presentaciones
del proyecto como lo haría un payaso, entraba al aula maquillado, chiflaba,
hacia globoflexia, inventaba chistes, ocasionalmente encaraba y cuestionaba a
los profesores sobre la manera en que pretendían decir cómo hacer y no hacer
arte, usando los mismos métodos que ellos utilizaban para desacreditar un proyecto,
debo decir que se resistieron muy poco a entrar al juego. No señalaré directamente a esas personas pero se sentirán muy bien aludidos pues terminaron
agitándose como simios para deshonrar a este payaso.
Si bien tuve que repetir un ciclo
escolar a causa de su cólera, porque razones lógicas no existían, el día de la
entrega de cartas de pasante, por fin me graduaba de dicha institución, esa última
acción que en pocas palabras decía "me gradúo de la escuela de payasos" trajo consigo una contienda legal dentro y fuera de la universidad
para restituir los derechos de los que había sido despojado después que los directivos
de la facultad de artes me realizaran una audiencia y elaboraran una lista que se podría bien resumir en una expulsión de la universidad. Es así como la escuela que pretende
enseñar arte, que solicita a sus aspirantes una postura crítica y de amplio criterio, juzga y expulsa a un payaso por una acción que se supone aprendió en clase.
Entre demanda de amparo y restitución
de la audiencia universitaria, chismes, amenazas e intimidación a mis
compañeros, juntas donde se hablaba de este problema, cartas a otras escuelas
de arte explicando mi situación, calumnias en documentos oficiales donde decían cosas tan absurdas como que la espadita de globo era en realidad un objeto fálico que prácticamente embarre en la cara a los directivos, todos estos chistes de mal gusto culminaron cuando se ganó la demanda de amparo ante la universidad y la Facultad de Artes, entonces no
les quedó a esos personajes más que mirarse al espejo y notar que sólo habían sido despojados de la máscara, del maquillaje, mostrando lo que era
realmente esa institución por culpa de unos cuantos personajes que mueven los hilos de la escuela a diestra y siniestra, unos cuantos pero poderosos pobres
de criterio, poco profesionales y muy pero muy bobos.
Se cuenta de Tales –según leemos
en Platón (Teeteto)– que, mientras se ocupaba de la bóveda celeste,
mirando a las estrellas, cayó en un pozo. Se rió de él entonces una sirvienta
tracia, diciéndole que mientras deseaba con toda pasión llegar a conocer las
cosas del cielo, le quedaba oculto aquello que estaba ante su nariz y bajo sus
pies. “Esta burla viene muy bien a todos aquellos que dedican su vida a la
filosofía” añade Platón.